Cada obra per­te­ne­ce a una serie limi­ta­da, nume­ra­da y acom­pa­ña­da de su cer­ti­fi­ca­do.

 

Time­walls nace con la sen­sa­ción de tener miles de fotos y, al mis­mo tiem­po, sen­tir que nin­gu­na esta­ba real­men­te pre­sen­te en nues­tra vida. Fotos de via­jes, de momen­tos impor­tan­tes, de esce­nas que en su momen­to sig­ni­fi­ca­ron algo. Todas guar­da­das, orde­na­das, com­par­ti­das. Siem­pre en una pan­ta­lla, siem­pre des­pla­zán­do­se hacia aba­jo. En algún pun­to, apa­re­ce una inco­mo­di­dad difí­cil de igno­rar. Esta­mos acu­mu­lan­do recuer­dos, pero no con­vi­vien­do con ellos. Des­de ahí toma for­ma Time­walls. Como una for­ma de recu­pe­rar esas imá­ge­nes que mere­cen que­dar­se cer­ca, visi­bles, for­man­do par­te del día a día.

Time­walls trans­for­ma momen­tos en pie­zas pen­sa­das para inte­grar­se en un espa­cio. Pero lo que real­men­te defi­ne cada obra es lo que hay detrás. Cada ima­gen par­te de una his­to­ria real. Un momen­to vivi­do por el fotó­gra­fo que lue­go se tra­du­ce en un rela­to que acom­pa­ña la pie­za. Esa his­to­ria se impri­me, se envía y se lee. For­ma par­te de la obra, no es un com­ple­men­to. A par­tir de ahí empie­za el tra­ba­jo de pro­duc­ción. Impre­sión en papel giclée de cali­dad museo, mon­ta­je cui­da­do para garan­ti­zar esta­bi­li­dad en el tiem­po y un enmar­ca­do que res­pon­de al mis­mo nivel de deta­lle. Cada deci­sión está pen­sa­da para que la pie­za man­ten­ga su valor con los años.

Cada obra per­te­ne­ce a una serie limi­ta­da, nume­ra­da y acom­pa­ña­da de su cer­ti­fi­ca­do. En un momen­to don­de casi todo se gene­ra en segun­dos, don­de la inte­li­gen­cia arti­fi­cial ace­le­ra la pro­duc­ción de imá­ge­nes y el con­su­mo visual se vuel­ve cada vez más inme­dia­to, vuel­ve a cobrar valor lo que requie­re tiem­po, cri­te­rio y ofi­cio. Time­walls se apo­ya en ese lugar. En pro­ce­sos que no se pue­den auto­ma­ti­zar, en deci­sio­nes huma­nas, en mate­ria­les que enve­je­cen bien y en pie­zas que están pen­sa­das para durar. Fren­te al rui­do y la velo­ci­dad, pro­po­ne­mos una for­ma más sen­si­ble de rela­cio­nar­nos con las imá­ge­nes.

Hay per­so­nas que cui­dan lo que entra en su casa con el mis­mo cri­te­rio con el que cons­tru­yen su vida. Per­so­nas que aca­ban de mudar­se y quie­ren empe­zar a dar­le iden­ti­dad a su espa­cio. Per­so­nas que reci­ben, que com­par­ten, que valo­ran los deta­lles. Per­so­nas que bus­can algo que ten­ga sen­ti­do y no solo que fun­cio­ne visual­men­te. En ese con­tex­to, una ima­gen deja de ser deco­ra­ti­va. Empie­za a ocu­par un lugar más pro­fun­do den­tro del espa­cio. El inte­rio­ris­mo está evo­lu­cio­nan­do hacia pro­pues­tas más per­so­na­les, don­de lo sen­so­rial y lo emo­cio­nal tie­nen cada vez más peso. Time­walls se sitúa en ese pun­to. Tra­ba­ja­mos con una colec­ción cura­da de más de 100 his­to­rias lis­tas para inte­grar­se en dis­tin­tos espa­cios, y tam­bién desa­rro­lla­mos pro­pues­tas a medi­da para pro­yec­tos espe­cí­fi­cos como hote­les, tien­das, res­tau­ran­tes o vivien­das par­ti­cu­la­res.

Cuan­do una pie­za entra en un espa­cio, la his­to­ria que con­tie­ne se cru­za con lo que ocu­rre ahí den­tro. Con el tiem­po, deja de ser solo la his­to­ria del fotó­gra­fo y empie­za a mez­clar­se con la de quie­nes habi­tan ese lugar. Hay un momen­to que se repi­te. La pie­za recién lle­ga­da, toda­vía está apo­ya­da con­tra la pared. Alguien que se ale­ja un poco, la mira en silen­cio y se toma un segun­do más de lo habi­tual. Ahí empie­za a pasar algo dis­tin­to. La ima­gen deja de ser solo algo que se obser­va. Empie­za a for­mar par­te del espa­cio y, poco a poco, de la vida que suce­de den­tro de él. En un entorno don­de vemos miles de imá­ge­nes cada día, el ver­da­de­ro valor está en ele­gir cuá­les mere­cen que­dar­se. Lo que noso­tros que­re­mos, es dar­le a nues­tra comu­ni­dad his­to­rias para con­tar.

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